El castillo encantado

Al final de la clase dijo con cierta malicia el anciano maestro:

 
— “Os voy a contar un cuento misterioso y simbólico que concuerde con vuestra edad, amados discípulos”.

 
Los alumnos cerraron sus libros y escucharon.

 
— Pues érase un camino largo, despedazado y polvoriento: piedra, sol y cuestas. Aquel camino tenía leguas y leguas. Nadie sabía de dónde venía ni hasta dónde llegaba. Pocos transitaban por él porque acerca de él se habían tejido historias medrosas, Decíase que los bandoleros una noche… contábase que fieras una madrugada… Hablábase de un castillo encantado, y por fin todo se compendiaba en el nombre que le había puesto el pueblo desde años atrás: “el camino de irás pero no volverás”.

 

 
Lo del castillo era cierto...


A sesenta y tres jornadas, en una explanación árida, se levantaba la famosa construcción del maleficio. Era una fortísima fábrica mordida por los siglos. Todo en él, los bastiones, contrafuertes, saeteras, puertas y portones, todo tenía aspecto de misterio y de pena.

 
Sus ventanas siempre herméticas con fallebas y cerrojos. Todas menos una que se entreabría de vez en cuando tímidamente cuando asoleaba.

 

Daba ella a la cámara donde gota a gota iba apurando su vida estéril y desgraciada el duquecito encantado.

 
Tenía él diecisiete años. Siendo muy niño un aríolo y brujo lo había enfiltrado. No se sabe qué yerbas, ni qué rezos, ni qué conjuros del pérfido habían retorcido el alma del infante.

 
¡Pobre! Su tez blanquísima y lívida surcada tenuemente de venas azules, apenas cobijaba sus huesos sin carnes. Cada día se agotaba más y más su cuerpezuelo endeble.

 
Pero en eso sólo no consistía el maleficio terrible: lo más espantoso de él era un misterioso y punzante dolor en el corazón, un hambre implacable de amar, de abrazar y cada vez que amaba, cada vez que abrazaba, aunque fuera a su propia madre, una agonía que casi lo levaba al sepulcro.

 
Viéronlo médicos famosos y todos dijeron que su enfermedad era un escándalo para la ciencia, y que sólo la muerte o habría de curar.

 
Un día por el camino se oyeron músicas y gritos, risas y palabras inconexas por el gozo. ¡Qué voces tan dulces y alegres!

 

Todos cantaban a coro una canción desconocida que decía:

 
Comamos y bebamos que mañana moriremos.

 

El duquecito oyó desde la ventana el estribillo pero no lo entendió. Uno de los cantores levantó la risueña cabeza y convidó al enfermo: ¡Ven con nosotros! Somos la dicha: cantar, gozar y reír es nuestra vida.

 
El duquecito sonrió tristemente entre sus almohadas de pluma, cubierto con colchas de damasco.

 
— Madre mía: me voy con ellos. Tráeme el vestido más rico. Y diles desde la ventana que me aguarden.

 
El infante se vistió tembloroso: parecía un alma del otro mundo, tan flaquito, envuelto en un ferreruelo riquísimo. Apoyado en un bordoncito salió... Con ellos se juntó y con ellos cantó sin comprender la letra:

 
Comamos y bebamos que mañana moriremos.

 
Sonriendo caminó unas cuadras. Y cuando creíase curado, un dolor mortal derribó en el camino: el corazón se le rompía dentro del pecho.

 
Allí lo dejaron los felices porque no les era lícito recoger a nadie, y siguieron cantando.

 
Pasaron meses: el camino siempre desierto. Largo, despedazado y polvoriento. Un día hasta el mullido lecho del joven enfermo llegó un cierto murmullo de personas que pasaban bajo su ventana.


Madre, ¿quiénes están pasando?


Y sin aguardar respuesta se acercó a los
postigos.


Unos cuantos hombres de rostros demacrados por las vigilias, ojos hundidos, miradas pensativas y serias.


Por grupos iban leyendo enajenados, unos cuestiones de filosofía, otros fórmulas infinitesimales.

 

El duquecito los miraba atraído y admirado. Uno de los estudiantes miró a la ventana y le hizo señas al enfermo:

 
— Vente con nosotros: Somos la ciencia. En nosotros hallarás el remedio para tu sortilegio fatal.

 
— Madre, con ellos me voy, tal vez cure con ellos. Alcánzame el vestido de colegio.

 
La duquesa por no contradecirle se lo alcanzó, sin esperanza.

 
Con ellos caminó largo rato. Ya estaba amando lo que ellos amaban, la ciencia, cuando otra vez el dolor punzante en el alma.

 
El pobre estaba condenado a no amar ni la ciencia ¡Ay malhadado aríolo y brujo que le dio la bebida!

 
A la vera del camino lo dejaron los sabios y allí fue a recogerle la pobre duquesa.

 
Pasaron los tiempos.

 
El camino siempre en silencio: piedra, sol y cuestas.


Una tarde sonó tras la ventana un ruido inusitado. Alguno pasaba arrastrando un madero. Parecía fatigado porque desde la alcoba se le oía respirar con mucha pena.

 
Ese hombre cargado y sudoroso tenía un rostro sobrehumano. Las espaldas sangrientas y desnudas le brillaban al sol.

 
Los hombros rotos y cárdenos eran una sola llaga. ¡No era un esclavo común! Tenían sus miradas lampos divinos.

 
Detúvose un instante al pie de la ventana cerrada del duque encantado y miró hacia ella suspirando.

 
— Dí, madre, ¿quién estará suspirando allá abajo? preguntó el enfermo.

 

— Será algún esclavo, hijo, no te preocupes. Te puede hacer daño. Dejemos que pase y después miraremos.


— Abre madrecita. Quiero ver quién es. Puede ser que él traiga el remedio para mi mal.

 
— Hijo: ya viste lo que te sucedió con los otros: te dejaron a la orilla medio muerto.

 
Otro suspiro más hondo, más suplicante del hombre que iba por el camino con las espaldas quebrantadas y desnudas y con un madero sobre los hombros lastimados.

 
— Madre mía, ábrela, te lo pido.

 
La duquesa por no contrariar a su hijo corrió las aldabas y entreabrió un ala.

 
¡Qué espectáculo terrible!


— Hijo, no te acerques que te vas a poner nervioso y vas a agravar, silo ves.

 
El enfermo ya estaba a su lado.

 
El hombre doliente volvió la mirada. ¡Qué ojos! Tan grandes y penetrantes. Nadie miró como él.
El enfermo quedó como subyugado. El esclavo le hizo una seña con la mirada y lo llamó.

 

— Madre: adiós. Me voy con El.

 
— Pero hijo, ¿estás loco? Es un esclavo carguero y castigado.

 
— No importa, me voy con El: tal vez con El encuentre alivio para mi desgracia. Y sin vestirse, con ropa de cama salió de la alcoba.

 
El supliciado lo aguardaba.

 
— Joven: ¿quieres ayudarme un momento a llevar este madero? Mira come tengo las espaldas, mira como tengo los hombros. ¡Ayúdame! ¡Y vente conmigo!

 
Te ofrezco mi carga, que es leve; y mi yugo. Te ofrezco mi amor que es saludable y mi abrazo que es casto.

 
— ¡Señor! Si yo no puedo ayudarte porque estoy enfermo, ni puedo amar, ni puedo abrazar, porque me muero.

 
— Eso es a otros. A Mi sí puedes. Yo sólo
sacio las almas. Mi amor no es lacerante, sino transformante. Ni riquezas, ni placer, ni ciencia. Sólo yo puedo deshacer tu conjuro y tu mal. Porque yo sólo te puedo llenar. ¿Sabes quien soy?


El anciano profesor de literatura cortó aquí el hilo del cuento y se quedó mirando persistentemente a algunos de sus discípulos que tenían 17 años, exactamente como el duque encantado.